jueves, 18 de junio de 2015

Mi vida en castidad.

Por motivo de mis estudios me tuve que ir a estudiar a una ciudad muy alejada de mis padres. No les podría volver a ver hasta navidad.
El primer problema con el que me tuve que enfrentar fue buscar piso. Allí no conocía a nadie, y busqué por la universidad, y encontré anuncio de una habitación de alquiler para estudiantes. Mi presupuesto era muy ajustado y no me permitía pagarme una pensión o un piso para mí solo. Pensé que podría compartir piso o estar con una familia.
El piso estaba bien ubicado, cerca de la universidad donde yo iba a estudiar. Al llegar una chica de unos diez años mayor que yo, me enseño el piso que era pequeño y sólo tenía dos habitaciones. Me enseño la habitación que alquilaba, pero me dijo que si me la quedaba tendría que cumplir ciertas condiciones, una de ellas era que debía mantenerla siempre la habitación ordenada y limpia. Y que en casa le gusta que el trato sea correcto, le disgustaría mucho si hubiera algún problema de convivencia.
La chica, se llamaba María. Me dijo que ella no era la propietaria pero que el piso estaba alquilado a su nombre y quería compartir gastos y compartir tareas de la casa. Pensaba que yo por ser chico no me querría, pero ella dijo Si te comportas educadamente no tenemos que tener problemas. Eso sí, si te interesa me tienes que pagar tres meses por adelantado pronto porque ayer vino una chica y el primero que me conteste se queda con la habitación", me dijo. Ese comentario me obligó a decir que me quedaba con la habitación.
Estuvo de lo más amable conmigo durante la semana que estuve allí. A esas alturas yo ya me masturbaba varías veces al día, y empecé a fantasear con ella en mis masturbaciones, y a cogerle afecto. Pero aquel sábado cambiaría para siempre mi vida y mi forma de pensar.
A mis 18 años nunca había tenido relaciones sexuales, pero como he dicho, me masturbaba con frecuencia. Por eso cuando vi que se había quedado entreabierta la puerta de su habitación no pude evitar expiarla y sentirme excitado. La vi como se sacaba el camisón y las braguitas con las que había dormido por la noche y se vestía apresuradamente. Me había dicho el día anterior que tenia que salir y que pasaría el día fuera. La vi salir del piso dejando sus prendas de forma descuidada sobre la cama. Sabia que no llegaría hasta la noche, así que me aventuré a entrar en su cuarto. Me fascinaba el mundo femenino. Allí estaban esas prendas que hasta hace un momento habían estado cubriendo su cuerpo. Cogí aquellas braguitas blancas de encaje y las olí. Me encanto su olor, mezcla de perfume y sudor. Poco después de olerlas ya tenia una inminente erección. Aquel olor y la visión de las braguitas me habían dejado profundamente excitado. Hasta tal punto que apenas sabia que hacia. Me


puse las bragas y seguidamente el camisón de raso azul con el que ella había dormido. Soy de piel blanca y rasgos poco marcados, por lo cual mi aspecto no era del todo malo. Mirándome en el espejo comencé a acariciar todo mi cuerpo a través del raso del camisón. El tacto del mismo me encantaba, me sentía excitadísimo. Mientras me acariciaba y me frotaba a través de las braguitas me imaginaba haciéndole el amor a María . Me la imaginaba tumbada en la cama sometida a mis caprichos. Cuan lejos estaba de lo que luego seria la realidad. No sé cuanto tiempo transcurrió desde que ella se había marchado, pero estaba tan excitado que no pude oír el ruido de la puerta del piso al abrirse. Para mi sorpresa allí estaba Carmen. En pie, en el centro de la habitación, mirándome con toda la boca abierta por el asombro. Justo en el momento en el que entró yo llegaba al clímax, así que en el instante en que la vi yo estaba eyaculando y mojando las bragas con mi emisión. Jamás había experimentado tanta vergüenza. Apenas podía decir una palabra, ni me atrevía a mirarla. Intente pedirle perdón, pero un nudo me atenazaba la garganta. No me atrevía a pronunciar una palabra. En ese instante ella avanzó roja de ira hacia mí y me dijo que esto hay que denunciarlo a la policía, has violado mi intimidad. No pude evitarlo y rompí a llorar. Lloraba sin levantar la vista, pues era incapaz de mirarla a la cara. Ella encolerizada, rompió el hielo y se dirigió a mí: - Eres un cerdo. ¿Que has hecho con mi ropa?, la has manchado toda. Todos los hombres sois unos cerdos, solo pensáis en el sexo. Maldito degenerado. - Yo…lo…si…siento, – apenas pude decir. - Maldito cerdo, – continuó -, tus padres no te educaron como debieron, sino esto nunca hubiera pasado. Te vas a acordar de esto cabrón!. - Por favor, perdóname, – dije entre sollozos. - Malditos hombres, – siguió ella -, sois todos igual de cerdos. Solo pensáis en satisfacer vuestros asquerosos deseos. No si la culpa es mía por alquilar la habitación a un chico, si en vez de un chico hubieras sido una chica esto nunca hubiera pasado. Podríamos haber convivido como verdaderas amigas. Y en lugar de esto tengo en mi propia casa a un marrano que no tiene educación. - perdóname, – dije apurado -, nunca mas lo volveré a hacer. - De eso estoy segura, – respondió ella -, aunque ahora que lo pienso, ¿qué hacías con mi ropa? ¿te gusta vestirte como una nenita? Igual es eso lo que necesitas. Entonces pude ver en su rostro una sonrisa de lo más perversa, como si hubiera tenido una idea. - Tengo dos opciones denunciarte a la policía o que aceptes un castigo, – me dijo entonces -. Te voy a convertir en una chica y, ya verás como así té quito las ganas de hacer estas cochinadas. Tu vida va a pegar un giro radical, estoy segura de que dentro de poco te encantará tu nueva condición. - Pe…pero María, yo no quiero ser chica. Fue solo algo que no pensé, – dije totalmente aterrado al oír su comentario. - Me da igual lo que tu quieras o no, o denuncia o chica tu escoges, – me dijo -. Yo acepté chica. Dentro de nada te darás cuenta que aquí lo único que importa es que te comportes de forma correcta y educada, y lo único que desearás sera agradarme como una verdadera amiga. Después de esto me dijo que fuera a la ducha. No pude resistirme, entre la vergüenza, la humillación y demás no podía pensar con claridad, así que me limité a obedecerla como un corderito. Una vez en el baño me dijo que me debía depilar totalmente el cuerpo, axilas, pecho, piernas e incluso los genitales, de tal manera que no quedara un solo pelo. Después me dijo que me pusiera crema hidratante. Tras acabar me trajo otras braguitas suyas de color rosa pálido junto con un sujetador a juego, para que me vistiera, luego ella metió dos medias enrolladas para simular unos pechos y aumentar a si mi humillación. Luego me trajo unas medias negras, una blusa de color blanco y una falda lila un poco por debajo de la rodilla. Tras esto me calzó con unos zapatos con un poco de tacón tipo merceditas que me iban apretados pues no eran de mi talla. Luego me maquilló pintándome los ojos y los labios. Yo tenia el pelo un poco largo y con mi melena hizo un peinado de puntas hacia fuera dejándome con un pelo totalmente femenino, propio de una chica. Una vez hubo acabado su obra me obligo a mirarme en el espejo y pude ver reflejado en el mismo su rostro lleno de satisfacción. En aquel momento no me atrevía a contrariarla, así que decidí hacer todo lo que me dijera. Luego me dijo que me sentara en una silla que tenia en mi habitación frente al espejo, con las piernas juntas y me ato a la silla con los brazos atrás. Me dijo que saldría y que volvería para el mediodía, que mientras tendría que reflexionar así en esa situación sobre mi comportamiento. Le pregunte si después cuando llegará me quitaría aquella ropa y olvidaría lo sucedido, pero ella simplemente sonrió y me dio un beso en la mejilla diciéndome: - ¿Por qué quieres quitarte la ropa chica? Si estas preciosa, acabará gustándote. Y seguidamente se fue. Durante las horas que estuve allí solo no dejaba de darle vueltas a su comentario y a todo lo que había pasado. Verme allí atado, vestido como una chica me resultaba lo mas humillante que había experimentado nunca. Apenas podía pensar con claridad. A la hora de cenar llego ella y me desato dándome otro beso en la mejilla. Yo pensé que lo habría olvidado todo y me perdonaría, pero estaba lejos de ser así. En lugar de eso me dijo que fuera a la cocina a preparar la comida y cuando la tuve serví la mesa y procedimos a comer las dos. Ella comenzó a contarme que había visto cosas preciosas mientras compraba y en todo momento me trató como si fuera una chica. Después de comer nos sentamos en el salón y me explicó cual sería la nueva situación en la casa para mí. Me quedé totalmente aterrorizado. Ella había tomado la decisión de mi castigo seria el de que yo me convirtiera durante toda la semana siguiente en su criada y doncella personal. Todo ese tiempo vestiría de chica y me tendría que comportar como tal. Por las mañanas debería ponerme un vestido de criada y hacer todas las faenas del hogar. Por las tardes haríamos cosas juntas. Me dijo que en todo momento yo la ayudaría a vestirse, a peinarse y cualquier otra cosa que necesitara. Por mas que le pedí perdón ella permaneció inflexible. Desde ese momento yo no podría hablar salvo que ella me diera permiso y debería dirigirme a ella siempre con educación y tratándola de señora. Así transcurrió aquella tarde. Durante esas horas ella me enseñó como debería caminar e incluso me puso zapatos con mas tacón que me había comprado de mi número, para que aprendiera a desenvolverme. Me obligó a servirla copas y mas cosas varias veces mientras me miraba como la servia y como contoneaba mis caderas según sus ordenes. De vez en cuando me decía cosas como: “mi chica”, “cielo”, “cariño”, “nena”, etc. Apelativos que me resultaban de lo mas humillantes. Por la noche cuando era la hora de acostarnos ya me iba todo convencido a mi cuarto cuando me dijo que dormiría con ella. Me quitó la ropa y me puso un camisón rosa con encaje en el bajo y en el escote. Seguidamente tuve que ayudarla a desvestirse y colocar su ropa en los cajones y armarios dejándola doblada y ordenada. Al estar allí a su lado acostado me sentí otra vez excitado. Ella se acostó solo con unas braguitas y una camiseta y ver sus pezones por debajo de la camiseta hizo que tuviera una erección. Cuando se ladeó un poco me dio un beso en la mejilla deseándome buenas noches. Por una casualidad (o eso creí) ella rozó mi entrepierna y descubrió mi erección. Aquello volvió a enfadarla. Me saco de la cama de un tirón y me metió en la ducha abriendo el grifo de agua fría. Después me seque y me puso otro camisón. Por entonces ya había perdido totalmente la erección. Ella me dijo que quería asegurarse de que no volviera a tener pensamientos impuros así que me sacó un cinturón de castidad y me que dijo que eso impediría que volviera a tener una erección. Luego me metió en la cama y dijo que no volviera a tocar. - Ahora si que estarás formalita, zorrita, – dijo ella. Por la noche lloré varias veces y dormí muy poco por las erecciones matutinas. Tenia miedo de ella y no sabia que iba a ser de mi vida. Cuando ella despertó por la mañana esperaba que me quitara el cinturón de castidad que impedía totalmente que pudiera tener una erección. Ella dijo que no me lo quitaría para nada, para evitar manchar el suelo tendría que hacer pis sentado, como una chica, cosa que me dijo riéndose burlonamente. Esa mañana me tuvo vestido con una bata de criada haciendo todas las faenas del hogar y riéndose de mi y burlándose continuamente. Así estuvimos toda la semana, yo sirviéndola en todos sus caprichos y cumpliendo todos sus deseos. Durante ese tiempo me obligó siempre a tener aquel cinturón de castidad puesto. Muchas veces me sentí excitado pero no pude tener erección. Ella se burló de mi continuamente y me trató todo el tiempo como una criada sumisa. Llego el sábado y me dijo que mañana se levantaría el castigo pero que antes debería superar una prueba por la noche. Me pregunto si alguna vez había tenido relaciones sexuales y al decirle que no aquello pareció agradarle y la oí comentar que seria mejor para sus planes. Por la noche me vistió de manera especial. Me puso un conjunto blanco de encaje, compuesto por un corsé atado atrás con un cordón. También unas medias del mismo color que se sujetaban por sus ligas al corsé. Me maquillo y me peino. Me dijo que me vestía de blanco como correspondía a una virgen, y que aquella noche era especial pues seria la noche de mi desfloramiento. Pensar que por primera vez en mi vida tendría una relación sexual me excitó muchísimo. Sin embargo dicha relación no sería como yo esperaba. Después me hizo sentar en la cama con las piernas juntas y las manos a los lados y se sentó a mi lado y me habló muy seriamente. - Se que esta es una noche muy especial para ti. Para todas las chicas lo es su primera vez, por lo tanto tu relájate y deja que yo te enseñe. Aquel comentario me resultaba fastidioso, sin embargo, deseaba hacerle el amor a María. Era tan sensual, que la deseaba. Comenzamos a acariciarnos y besarnos lentamente. Bueno, mas bien ella a mi, pues apenas me dejaba que la tocara. Le pregunté si podía sacarme ya el cinturón de castidad y ella me dijo que no, que no haría falta. Aquello me extraño, pero decidí aguardar. Después de un rato estaba excitadísimo al igual que ella. Me obligo a ponerme de rodillas delante de ella y me dijo que debería satisfacerla a ella primero, pues mi placer poco importaba. Dijo que lo haría como debe hacerlo una sumisa y cogiéndome del pelo me llevó la cabeza entre sus piernas. Me obligo a lamer su raja a través de las bragas y cuando las tuvo totalmente húmedas se las quito para que siguiera sin ellas. Estuvimos así mucho tiempo durante el cual ella tuvo varios orgasmos. Cuando quedo satisfecha me dijo que era hora de desvirgarme, que desde ese día seria su zorrita particular. Que me penetraría como a una putita. Me obligo a tumbarme en la cama boca abajo. Yo no sabia que iba a hacer, por aquel tiempo desconocía a que se refería. Me obligó a abrir las piernas. Seguidamente se untó los dedos en una especie de gel y empezó a meterme uno lentamente, sondeando mi entrada despacio. Por mucho que proteste e intente resistirme ella siguió y me dijo: - ¿Qué esperabas cielo? ¿Creías que usarías esa mierda que tienes entre las piernas conmigo? Ja, ja, ja, que equivocada estas mi niña. Tu eres una chica y como tal tienes que ser penetrada, pero no te asustes, te va a encantar. Después de un dedo vino otro y un tercero. Cuando tuve aflojado el ojete. La vi coger una especie de braga de cuero equipada con dos consoladores, uno que quedaba dentro de ella y otro que sobresalía hacia fuera. Con este último me penetró por detrás. Yo por aquel entonces lloraba de dolor y placer y sentía vibrar todo mi cuerpo. En ese momento ella me pregunto si quería que siguiera, si quería seguir siendo folladita como una zorrita, si quería ser su putita, si la serviría siempre, si nunca me separaría de su lado, si me entregaría a ella y si buscaría siempre su placer sin importar el mío. Tanto disfrutaba que en aquel momento le dije a todo que si, que la deseaba, que la amaba, que solo me importaba servirla, que quería que fuera feliz, que quería ser su putita siempre. Y así fue como perdí mi virginidad, vestido como una chica, penetrado por detrás con un consolador por María, dominado, sometido, entregado totalmente a ella. Hoy cinco años después, ya he terminado la carrera y recuerdo aquella primera vez con cariño. Desde entonces la sirvo y estoy entregado a ella. La pertenezco en cuerpo y alma. En casa, soy su zorrita, como ella me dice. Y me encanta. Me gusta que me humille, que me utilice. Siempre procuro su placer, darle masajes, satisfacerla sexualmente. Ella me penetra varias veces a la semana, no todas las noches con consoladores y con los dedos. Me hace vestirme de chica mientras estoy en casa, y por las mañanas visto de criada por las mañanas para hacer las faenas del hogar. Desde entonces llevo todo el día el cinturón de castidad que impide que pueda tener impulsos incontrolados. No he tenido nunca más un orgasmo, sólo eyaculo con los ordeños prostáticos que me hace. Mi pene para poco mas me sirve que para orinar, e incluso eso lo hago sentado como una nena. Excepcionalmente alguna vez me masturba o me deja que lo haga de rodillas frente a ella humillado. He dejado de ser un machito arrogante y me he convertido en una zorrita sumisa. Esa es mi historia.

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